La vida en la pensión era bastante
monótona, no permitía la vida en familia más allá que para comentar los
aconteceres dentro de la casa y de la vida de los pensionistas. Elisa, la hija
de la dueña de la pensión poseía un aspecto penoso que no llamaba mayormente la
atención de nadie. Todo esto cambia con la llegada de un hombre joven, un
cantante de baja calaña que desde el primer instante sembró una especie de
discordia y desorden entre las paredes de la casa. El Ruiseñor, Juan José
Bernal, con sus peculiares exigencias y su vida nocturna, produjo más trabajo
para Elisa y su madre. La niña comienza a sentir desagrado por la presencia del
hombre que se afana en sus cuidados personales y absorbe aún más a su madre.
Una tarde y gracias a la música que producía el cantante y su guitarra, se armó
una especie de fiesta, acontecimiento que cambiaría para siempre la percepción
de Elisa; en la que participaron todos los habitantes de la casa. Su madre
bailando al son de la música que corría por parte de Bernal, tomó a Elisa y la
llevó a bailar con ella para luego apartarla y bailar sola, en el centro de la
improvisada fiesta, dejándose llevar por la melodía. Desde entonces la niña
comenzó a ver al nuevo huésped con otros ojos, ya no le molestaban ninguno de
los rasgos que antes le causaban tanto desprecio, por el contrario, las maneras
y formas del hombre la seducían. Comenzó a utilizar su facultad de aparente
invisibilidad para observarlo y seguirlo a hurtadillas. Buscaba su presencia
pero al menor contacto visual la niña corría a esconderse, esperaba ansiosa la
hora de salida de la escuela para llegar a la casa y volver a moverse sigilosamente
tras él. En su ausencia, Elisa se adentraba en su cuarto para tocar sus cosas,
ponerse su ropa y mirarse en su espejo, se desnudaba y realizaba una suerte de
rituales sensuales, invocando el deseo imaginario que sentiría Bernal. La niña
no tardó en descubrir la relación de entre su madre y el cantante, las miradas
y los nuevo ánimos de la mujer fueron la prueba de lo que la niña suponía; pero
la revelación final llegó cuando un día al finalizar sus ritos dentro de la
habitación de Juan José, escuchó sonidos provenientes de otra habitación,
entonces entendió que mientras ella pensaba que el hombre estaba fuera de la
casa cantando en algún bar, él estaba con su madre. Espiándolos, fue testigo
del acto amatorio de su madre y Bernal, en primera instancia Elisa estaba
impactada, sorprendida y algo asqueada pero se obliga a observar y ve a una
mujer muy diferente a la mujer que se pasaba el día en la cocina y atendiendo a
los clientes del hospedaje. Entendió que en esos movimientos, acrobacias y
sonidos, se encontraba la clave para poseer a Bernal. Pasaron días en los que
la niña solo vagaba y parecía una criatura incorpórea, hasta que un día, al
llegar del colegio, vio que su madre no llegaría pronto a la casa, y que era la
oportunidad de entrar a la habitación de Juan José. Así lo hizo, y cuando se
encontró semi desnuda en la cama del hombre, comenzó a tocarlo y a acercarse,
hasta que entre bruma, él la toma por la cintura y la pone sobre su humanidad,
también dándole un beso, al instante se da cuenta de la contextura del cuerpo
que tiene encima y el error de ese acercamiento lanzándola fuera de la cama
gritándole “niña perversa”. A Los gritos acude una de los huéspedes que es
testigo de la escena. Con todos estos antecedentes, Elisa es enviada a una
Escuela de monjas y posteriormente a una universidad. Estando comprometida con
un hombre, un día asiste a la casa de su madre quien con los años había
concretado una relación con Bernal y había vendido la casa y se habían mudado a
una nueva. Bernal no pudo alejar de su mente los pensamientos acumulados en ese
momento en el que Elisa entró a su cuarto, mantuvo conductas extrañas como
visitar colegio y disfrutar ver salir a las niñas, observarlas y evocar a la
niña perversa. Esperó la llegada de Elisa con ansias, y al tenerla en frente,
le confiesa que han sido años de martirio pensando en lo sucedido y en ella.
Elisa extrañada, le responde que no recuerda tales acontecimientos, dejando ver
que para ella, los años habías borrado de su memoria la desilusión, decepción, y
ese despertar fogoso a la vida.
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